Por años, administración tras administración, se ha dado el reclamo público de que el sistema de educación pública del país necesita reformarse. El mayor problema parece ser que definir una reforma en un país tan polarizado política e ideológicamente es casi imposible.


"Reforma" para algunos puede significar escuelas mas modernas y tecnológicas. Para otros mejores condiciones de trabajo y mayor paga a los maestros. Un sector podría definir que la reforma es que nuestros niños aprueben sus exámenes y/o pasen las pruebas puertorriqueñas. Para muchos una reforma implica que nuestros niños aprendan a competir en el mercado laboral. Mientras para otros solo significa que adquieran destrezas básicas de lectura, escritura y matemáticas. Unos opinan que una reforma educativa permitiría que los estudiantes logren una mejor calidad de vida. Y otros meramente entienden que una reforma los debe preparar mejor para entrar a la universidad. Las visiones son infinitas y en ocasiones irreconciliables.

En lo que casi todos podemos estar de acuerdo es en que el Sistema de Educación Pública del país se ha convertido en uno sumamente burocrático, dominado por visiones particulares, políticas laborales, mal manejo de fondos, falta de enfoque, resistencia al cambio, retórica social, personal con preparación inadecuada y maestros mal remunerados. Tampoco existe un sentido de superación y competencia saludable entre nuestras escuelas que los estudiantes puedan emular. Una reforma educativa es una tarea complicada, "casi" pero no imposible.

La fe en la educación pública se ha perdido. Tanto así, que muchas familias que no cuentan con los recursos económicos necesarios para costear una educación privada para sus hijos, optan por el endeudamiento familiar con tal de que sus hijos logren una "mejor educación". ¿Cuán efectiva es la educación privada en nuestro país? Esa es otra pregunta complicada.

Muchos piensan que la escuela pública, lejos de incentivar el valor del conocimiento en nuestros niños, los desalienta. Nos olvidamos de educar para el pensamiento crítico, para una ciudadanía responsable y dinámica. Por el contrario, les enseñamos a seguir las reglas sin cuestionarlas, a mantenerse quietos y callados, y a hacer lo "esperado", lo convencional. En el camino aprenden a no expresar lo que piensan, a mentir, a engañar y a reprimir sus pensamientos. Pareciera ser que en la escuela es más importante un estudiante callado y obediente que uno con criterio propio, creativo, innovador, curioso e incluso "parlanchín". No hay duda de que ser "parlanchín" y cuestionar lo establecido desarrolla la argumentación verbal y pensamiento lógico en los niños como destrezas de vida.

No estamos preparando a nuestros niños para competir ni les enseñamos a pensar, reaccionar ni crear. No les estamos enseñando. Los preparamos para pasar exámenes, los llenamos de datos que deben reproducir en un tiempo fijo, en un formato fijo para obtener una puntuación numérica fija.

La realidad es que nuestro sistema educativo es obsoleto, costoso e inefectivo. Y esto no es novedad para nadie. Lleva así por demasiado tiempo. La razón principal por la que enviamos a nuestros niños a la escuela es para permitirles allegarse a una carrera profesional,  que puedan "ganarse la vida" y disfrutarla. Queremos que prosperen como individuos y como familias, pero olvidamos que para ellos necesitamos convertirlos en seres productivos para su país capaces de insertarse en nuestra sociedad y en la complicada economía mundial. ¿Cuántas veces no hemos escuchado que "los niños son el futuro de nuestro país"? El futuro de nuestro país depende de su acceso a una educación de calidad. Esa debe ser nuestra principal preocupación.

Irónicamente, vivimos en una época de empresarismo e innovación pero no educamos para ello. La época de ser empleados de manufactura, de corporaciones o empleados de gobierno por 25-30 años ya pasó.  Nos derrumbamos porque la espina dorsal de nuestro país, nuestra base empresarial, se debilita y envejece a ritmo acelerado. Necesitamos enseñar a nuestros niños a ser emprendedores, innovadores y creativos y a asumirse como la espina dorsal del crecimiento social y económico de nuestro país.

La educación pública tiene que dejar de ser una mera promesa de campaña y convertirse en una prioridad de política pública de todos los funcionarios electos y de todos los ciudadanos. No hay duda de que toda reforma educativa en nuestro país conllevará costos y grandes sacrificios de diversos sectores. Pero estos nunca podrán compararse al incosteable e irreparable costo a largo plazo que representaría no actuar de inmediato. Tenemos que estar abiertos a propuestas innovadoras. Quizás no nos parezcan perfectas o entendamos que hay otras mejores disponibles. Lo que no nos podemos dar es el lujo de detenernos en la eterna reflexión de cuál es la mejor propuesta. Llevamos décadas escuchándonos. Como dice un conocido analista radial: "nos hemos convertido en el país de las cumbres, los foros, los congresos y los encuentros para resolver los problemas del país, pero no resolvemos nada". Es hora de tomar decisiones y actuar. Ya en el camino habrá tiempo de crecer, equivocarnos, reflexionar y evolucionar.-

 

viernes, 4 de octubre de 2013

Por: Lcda. Ivonne Lozada
Vicepresidenta Auxiliar y Directora Ejecutiva del IPP

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